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José Luis Ramírez

 

 

Paisajes nocturnos

 

Las personas harán lo imposible, sin importar lo absurdo,

para negar la voz de su alma.

Uno no se acerca a la luz imaginando figuras de luz,

sino haciendo conciencia de su propia obscuridad.

En algún ensayo de arte

 

 

Un campesino busca desesperadamente declarar su amor a una mujer que pende de un hilo. Como si ella fuera un cometa volando sobre el cielo claro, está eternamente atada a las muñecas del hombre, sin remedio, a pesar de sus esfuerzos por liberarse. José Luis Ramírez ha perdido su amor.

Con el aroma de su cabello y un toque de rosas para atraerlo, le hace daño. Es veneno, le corroe las entrañas, aniquila su propiedad. José Luis navega entre peces con escamas que cortan con filo, que sofocan la mar. Y nuevamente navega para tratar de hundirse y, esta vez, encontrarla. ¿Será que la leyenda de Ofelia triunfa, una vez más, en esta historia? ¿Quién disparó la locura?, ¿la ceguera?

Con un Epival al día, la depresión termina. Y cuando la vigilia o el insomnio aparecen, se erradican con un Stilnox. El paciente, con seguridad, vuelve a soñar profundamente.

José Luis reconstruye el insomnio con malformaciones del ser, patria de los nacidos con agenesia, dibujos de niños y mujeres con perforaciones, aniquilados por su dolor. Hasta un gato, al parecer "disecado", se acomoda en el hombro de una mujer joven y bella, como en vigilia ante la fosa de su dueña... "Y los muertos aquí es donde tienen que estar, entre flores y colores...".

José Luis se cansó de andar detrás de restos; decide que los buitres terminen con el pasado. "Ya no más"..., ya no más lágrimas sin recipiente que las contenga, ni tampoco flores engañosas. Ya no más aferrarse al hilo que conduce a la tristeza.

Mientras haya piedra dónde edificar el insomnio, el recuerdo seguirá intacto, coronado por flores marchitas..., y cuando vuelva a salir el Sol, el paisaje será diurno.

 

Mara Sepúlveda

Junio del 2015