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Soledad Tafolla

LA OBRA DE SOLEDAD TAFOLLA (1958) recuerda que la imitación en pintura es simplemente un motivo más. Todos sus cuadros son entre de algo muy personal, y en ello va la carga de su subjetividad.  Dotada al mismo tiempo de una gran capacidad sintética y de un amor por el detalle, esta pintora ha hecho suya una tradición pictórica que se remonta en México al siglo XIX, representada por los artistas de barrio o de provincia que producían imágenes francas de los entornos social y natural, dando forma a esa interioridad colectiva que la fotografía y el rotograbado luego desplazaron. Tafolla trabaja con el cuidado de quien buscara conservar testimonio de lo que está dejando de ser, y que ella rescata en un acto de restitución y de gusto escénico. Como se le tomara el pulso a las cosas, ha adoptado una expresión ingenuista que, empero es profundamente técnica. Más que un realismo, su pintura implica una suerte de homenaje a todo aquello que despierta su interés y su memoria, una verdadera “localización”, incluso en el sentido de darle ubicación y raigambre a su imitación. Alguna vez la artista lo expresó de forma inmemorable: “Pintar es como cantarle a las cosas. Yo pinto como tratando de protegerlas y hacer que éstas permanezcan”.

Jaime Moreno Villarreal.

 

 

INTRODUCCIÓN MÍNIMA
ALFREDO ZALCE

La Obra de Soledad Tafolla, pintora y grabadora, es que apariencia naturalista pero lírica en su sentimiento.

No nos equivoquemos al ver sus temas sencillos, hay profundidad y frescura en la manera de concebirlos, como si captara algo desconocido en las cosas que le rodean. ¿No es el poeta quién da otra vida a lo cotidiano?

LA PINTURA DE SOLEDAD TAFOLLA
JOSÉ MARÍA ESPINASA

¿QUÉ SIGNIFICA PINTAR? Esta pregunta tan abstracta parece absurda ronda la mente de todo pintor en este fin de milenio. Es cierto, seguramente ha rondado la de cualquiera en esta época, pero es ahora, después de las abstracciones radicales y la “muerte” de la pintura que el regreso a la representación pasa por la necesidad de dar una respuesta a ella. Y entre más elemental mejor.

Por eso saber que hay un origen mágico, mítico y religiosos de las artes plásticas no resuelve nada, lo sabe el alumno menos aventajado de un taller de pintura. Pero saberlo no quiere decir tener conciencia sino estar informado, y el gesto instintivo de mirar entorno está ya cargado de esta inconsciencia.

La mirada se encuentra con las formas y los colores antes que con la representación, y guarda por lo tanto memoria de ese primer instante en que lo mirado es plasticidad pura. A ese momento convertido en epifanía quisieron volver algunos pintores de la vanguardia, presentar los elementos plásticos en su estado de pureza. En un sentido tuvieron razón, hicieron obras extraordinarias y todos se los agradecemos. Pero en otro sentido no la tuvieron y hay que volver a mirar las cosas. Las cosas, sí, las cosas en su evidencia física, hecha de colores y formas, de trazos y detalles, sobre todo de reconocimiento.

El conocer es sólo un primer paso, el bueno e importante es reconocer, encontrar en la manera de mirar lo que se es. En lo primero que uno piensa cuando se ven los cuadros de Soledad es en el evidente sentido del estar ahí  del pintor entre las cosas, de la manera tan rotunda en que dice: este es el mundo, y lo es en la medida en que es suyo. Lo curioso es que ese sentido de la pertenencia –más que de la propiedad- se da en la medida en que entrega ese mundo a los otros a través del cuadro. Ofrecimiento de la mirada al ciego, la entrega de un don que en su ofrenda no nos quita nada, sino que –al contrario- nos hace más dueños de ese mundo.
Por eso el aspecto rural –o campesino- de algunos de sus paisajes es particularmente sutil, lleno de matices dentro de su pretendida ingenuidad. Por eso tiene razón un amigo pintor cuando en una conversación sobre esta artista me dice: no te vayas con la finta, no es naif. Pero ¿Qué naif –si entendemos esto como ingenuidad- lo fue realmente?

En esos paisajes es muy importante el tratamiento del detalle, no porque busque una verosimilitud realista o una transcripción fotográfica del asunto, sino justamente por todo lo contrario, porque busca volver subjetivo ese paisaje sin derivar hacia abstracción o el impresionismo. Como estos últimos busca pintar el alma, pero entiende el lugar de residencia en elementos más inmediatos, el alma también es tangible, tiene color, contornos: ese campo es el campo por donde yo camino y mientras lavo la ropa miro hacia el horizonte. Esa cualidad del paisaje también se encuentra en los “paisajes interiores”, es decir, en los cuadros que presentan las habitaciones y espacios de la casa.