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Claudio Fernández

Claudio Siempre
Guillermo Sepulveda
Febrero del 2003


La ambigüedad y la sinceridad estética en Claudio Fernández, hablan en el tiempo de su individualismo e integridad artística. En sus escenas urbanas, casas convertidas en muros gastados, calles y techos, como signos de la civilización que se encuentran perdidos o amenazados, actúan como soportes escenográficos, acentuando la presencia del hombre, y la proyectan creando efectos fantásticos que nos remiten de alguna forma a la metafísica surrealista, como las plazas vacías del Italiano DeChirico. La experiencia y el sentimiento (nostalgia) parecen ser las dosis  necesarias.

L a existencia de Claudio, de carácter sereno y callado, es tranquila y ordenada, su estudio en su casa se encuentra rodeado de una vida familiar. En él, el silencio es la compañía obligada de la creación y parte fundamental del dialogo, y su desarrollo artístico impasible ante el éxito.

Continuidad y control se manifiestan definitorios, como el pintor norteamericano Edward Hoper expresara: "En el desarrollo de todo artista, siempre se encuentra el plan de la obra futura ya en la obra primeriza. El núcleo, en torno al cual el artista levanta su obra, es el mismo; es el yo central, la personalidad o como se le quiera llamar, y esto apenas cambia desde el nacimiento a la muerte. Lo que una vez fue el artista, lo es siempre con leves variaciones. Los vaivenes de las modas en relación con los métodos o los temas le cambian poco o nada".

La obra realizada últimamente, se suman en intención a otras obras, que fueron creadas anteriormente en forma aislada, formando un conjunto que por primera vez se muestra en esta original exhibición, y corresponden no solo a percepciones  individuales, psicológicamente descifrables, sino que a menudo también proceden de una recopilación  colectiva de imágenes e ideas. Parece que la relación que existe entre el carácter psicológico de la mirada y la reproducción de las cosas en el cuadro, están en complicidad y sometidas a un orden secreto.

Las pinturas de Claudio Fernández recrean, a mi parecer, dos difíciles cualidades: la otra, la personalidad humana, la del solitario habitante de las grandes urbes o la del pobre paisano del poblado vecinal. Solo aquel que ha meditado en el valor intrínseco de tales cualidades y ha sabido ponderarlas, conoce el peso y la responsabilidad del habla y su transformación en imágenes, secreto del cual,  Claudio Fernández, se ha valido para sacar adelante, exitosamente, sus dos profesiones, la de médico y la de artista. He aquí la relación con su carácter.

Detrás de cada una de las pinturas de Fernández, detrás de cada uno de sus imponentes y magníficos muros, de sus fachadas sorprendentemente suspendidas en un espacio y tiempo inmemorial, de sus anónimos personajes condenados a repetir sin miedo una  rutina cotidiana y de esos interiores que apenas si nos dejan entrever el tipo de existencia que los anima, hay una fuerte pasión por expresar la lucha vital que el hombre libra por recuperar la esencia de su propia naturaleza; no es casualidad que la atención de nuestro artista se centre en los ancianos, en la vida del barrio, de los humildes, de los desvalidos; allí es donde encuentra concentrada la incertidumbre, la desesperanza y la ilusión de un mejor mañana, la voluntad de nuestra especie que se levanta en contra del ciego destino.

Claudio Fernández mas que ser un colorista, un paciente buscador de texturas, un inveterado dibujante, es el pintor de la condición humana en un mundo contemporáneo que crece y se nutre en su indolencia; a él le opone su arte.

Xavier Moyssen L.