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Alfredo Castañeda

De Soledad Prodigado

Si las pinturas de Alfredo Castañeda provienen de la fantasía o de la locura, de la reflexión o del abismamiento, hay que distinguir entre el flujo expresivo desbocado que sólo comunica oscuridad con oscuridad para estallar en sinsentidos, y la propuesta de un claroscuro existencial alternativo que figura con desesperante precisión lo que falta aún por explicar del misterio humano. De extremos como éste surgieron mitologías, magias, religiones y la terrible idea del infierno, todas incapaces de fijar en el hombre mismo la infinita dificultad del ser. Y en esos pasos ha andado como desde siempre el místico contemplativo Castañeda, que en vez de escribir libros proféticos, buscó un promedio entre la imaginación y el desbordamiento, entre la gloria y el averno, entre soledad y la compañía por multiplicación de la autoimagen, y ha encontrado que el arte de la puntura es un campo de concentración paradogmático y parasicológico, con la libertad interna única de figurar incomodidades del alma en un viaje de vuelta del universo de la extrañeza.

En su itinerario figura la otredad dentro de sí, pero también la urgencia de identificarse para situar en el tiempo y el espacio otro mundo que, como el supremo, es relativo y está hecho a imagen y semejanza de éste, pero abismado. Si intriga este don de transponer abstracciones, de descontextualizar tanto objetos como lógicas, de desdoblar una y otra vez la mirada desde adentro del cuadro, o de proponer una suerte de espejos de feria místico-filosófica que él pinta virtualmente, es que Castañeda viaja con el pasaporte de un semifalso señor barbudo, descabellado, desproporcionado en lo físico respecto al espíritu del mundo normado. Y si por contraste parece un santón laico para nada virtuoso antes situaciones absurdas, es que guarda en el silencio de su infierno personal la pequeñez humana ante la magnificencia de la naturaleza y la domesticidad. Ninguno de estos virtuales imposibles sería real, si el espectador se declara incapaz de darles imagen a sus propias obsesiones latentes, o bien, no ha vislmbrado la luz intrigante de los sueños, o menos aún, ha descifrado la intrincada sintaxis del ser que revelaría el sentido de sus desfogues inconscientes, todo aquello que quita el miedo y maravilla luego.

Si el modelo del pintor –un concentrado milenario de sí mismo- posa entre pastizales, o trajeado de riguroso negro humor toma asiento en un campo infinito, o se dispone a subir una escalera o a encerrarse en sí mismo como una casa, es que desea constituirse en la célula, unidad del universo, y de ahí para el real multiplicarse –bipartición tras bipartición- para prodigar su reflexiva soledad como contrapartida de un mundo sobrepoblado de generalidades. Sea que su cara se repita, que una gota de agua lo refracte, que los ojos sean dos, cuatro, seis desconocidos idénticos o que el espejo gire y otros lo suplanten en un pasaje o paisaje crítico, es que Castañeda ha matizado a morir el monólogo por excelencia –el del arrobamiento ante lo incomprensible- que se inicia y termina dejando para iluminar el mero esfuerzo de pronunciarlo. ¿Teatro del absurdo? ¿Afirmación existencialista? ¿Farsa trágica medieval? ¿Medicina estética para la enfermedad del siglo XX?

Para una figuración pictórica tan precisa como connotativamente inasible, Castañeda debió aprender el lenguaje de los renacentistas y/o de los flamencos, siendo fiel a las apariencias, pero en esencia a la capacidad simbólica de la imagen realista, para luego adulterarlas con la ironía con que los surrealistas llevaron al delirio las fuentes del lenguaje onírico. Por eso su realismo conduce rigurosamente a lo insondable, por desconcierto. La película de óleo más sutil, que deja en el cuadro la ilusión de realidad, y el colorido indispensable para hacer verosímil lo natural, nos embarcan en una sobrenaturaleza que, sin embargo, está a la mano como una sospecha inmemorial.

Retruécano de místicos, celebración ritual de lo profano, adulteración del sentido aceptado de la existencia o inopinado cambio de la gracia de las cosas, ilusionan una plástica que, a pesar de todo, asienta la belleza como premisa de lo ignoto, aunque la sustente el fuego de la soledad, la gravitación del infierno por dentro de lo doméstico y, sobre todo, la mirada del espectador que le pregunta a Castañeda: ¿quién soy?, como si el pintor fuera mago, filosófico, erudito religioso y todo lo demás que alienta la vocación de un humorista profundo, que pinta por no escribir, tal vez.

Luis Carlos Emerich
Junio de 1992

 

 

El figurativismo introspectivo de Alfredo Castañeda

Alfredo Castañeda es uno de los pintores figurativos más interesantes de México y su obra es apreciada también en otros países. Frecuentemente ha sido vinculado con la corriente surrealista que –principalmente desde la cuarta década de este siglo en adelante- tanta vigencia ha tenido en el arte mexicano.

El movimiento surrealista surgió en Europa hacia 1922, cuando el poeta André Bretón logró conformar en un cuerpo teórico una serie de tendencias expresivas, tanto literarias como visuales, cuyo fundamento se encuentra en el imperio de lo imaginario. De entonces a la fecha, aquellos elementos que en el lenguaje artístico se denominan con el término de “surreales”, han venido manifestándose bajo parámetros divergentes en una gran parte de la producción artística occidental.

Lo surreal se encuentra emparentado con lo fantástico, y la fantasía es –como todos sabemos- un reducto de la imaginación. Sin embargo, lo imaginado, o en su caso lo surreal, corresponde siempre a realidades psíquicas del hombre que se relacionan con el deseo. La satisfacción desviada de un deseo primario, expresada mediante la fantasía, constituye uno de los aspectos más interesantes que subyacen en las expresiones plásticas de todos los tiempos. En este sentido lo surreal es tan antiguo como el arte mismo, y lo que Breton hizo fue constituir un método a partir del cual la producción artísitca fue sistematizada aboliendo deliberadamente las normas “racionales” que rigen el pensamiento del artista.

A diferencia de muchos pintores adeptos a un surrealismo que se denomina “ortodoxo”, Alfredo Castañeda nunca ha desdeñado la utilización de la razón consciente para organizar en el cuadro sus evocaciones y fantasías. Por lo tanto, si bien su arte presenta claros elementos de raigambre surreal, cada una de sus obras corresponde a fantasías organizadas que tienen su fundamento en un sondeo interior que se relaciona con un proceso introspectivo.

Hay dos puntos importantes a considerar en la obra de Castañeda. El primero se refiere a los seres que pueblan su mundo pictórico y el segundo al tipo especial de actitud que él asume antes estas imágenes. A ambos puntos he de referirme brevemente con el objeto de intentar una aproximación algo más profunda de la que se obtiene ante el primer enfrentamiento del espectador con las obras.

La iconografía de Castañeda, es decir, las imágenes y ambientes que él crea, provienen como he dicho, de vivencias que él ha introyectado. Tales vivencias están referidas a experiencias de infancia o de adolescencia, a evocaciones de personajes reales y ficticios que en algún modo han influido en su vida, a sitios vagamente recordados y sobre todo a textos literarios que han constituido una especie de puntual en su conformación cultural. Entre éstos, los que se relacionan con la literatura romántica tienen especial importancia. Sin embargo, sus representaciones plásticas no guardan una relación directa –de causa a efecto- con las fuentes a que he hecho mención y a las cuales podrían añadirse muchas otras más. Al decir que no existe relación directa, lo que deseo dejar bien sentado es que Castañeda no es un ilustrador, ni de los escritos literarios que evoca, ni de sus propios ensueños o vivencias interiores. Por eso, sus personajes, inmersos en situaciones poco comunes, no son susceptibles de ser descifrados a través de una lectura única ya que no se refieren a un solo contenido simbólico, sino a varios a la vez.

Por ejemplo, en el cuadro titulado “¿Qué tanto me conoces?”, aparece un personaje bifurcado, sentado en una silla que también está sujeta al mismo proceso de bifurcación. Uno de los rostros del personaje ostenta barba y esconde sus ojos tras lentes oscuros. El otro corresponde a la fisonomía de un joven con el pelo revuelto, de mucha menor edad que el anterior.

Ambos forman una sola instancia que es presentada fuera del contexto habitual. Es decir, la silla doble no se encuentra en una habitación –como sería lógico que sucediese- sino en una llanura carente de vegetación en la que hay pequeñas piedras. El personaje connotado la idea del doble es frecuente en la producción de Castañeda y puede tener más de una implicación. Hay cuadros en los que uno de los rostros sugiere la paternidad del otro, o bien su derivación; correspondiendo sea a la idea del hombre que ha dado origen a un ser semejante a sí mismo, o bien a la inversa: el niño es el padre del futuro hombre.

Pero asimismo puede pensarse que los dos rostros corresponden a dos instancias de la persona, al consciente y al inconsciente; o bien al “yo” maduro y fuerte que se va acompañado de su contrapartida: el “yo” infantil que por lo común siempre se encuentra intensamente preservado en el verdadero poeta.

El páramo puede simbolizar soledad y aislamiento, pero también se ocurre que quizá se encuentre en relación con la carencia de lo accesorio –en este caso de lo pintoresco-, es decir con lo que no necesita de adornos ni de colores para ser bello. No me refiero fundamentalmente a una belleza formal, sino más bien interior, pero tan encuesta y plena como las llanuras de Castilla que formaron el marco a no pocos pasajes de “El Quijote”.

Algo diré ahora acerca de la actitud que Castañeda asume ante sus imágenes. Antes que nada cabría decir que él ama a sus personajes y ambientes, no en tanto a que son pinturas u “obras de arte” que él ha producido, sino en cuanto a que para él –como también para todo aquel que aprende a verlas –adquieren vida propia trascendiendo a su condición de objetos artísticos.

Con esto quiero dar a entender que para Castañeda esos seres en alguna forma existen, han existido o existirán y por eso conservan la capacidad de transformarse. Esta transformación puede tener lugar a través de los mismos elementos que conforman la composición, pero también es muy patente de una obra a otra, donde pueden observarse los cambios que va presentando un mismo personaje. En algunos cuadros aparece ubicado en época precisa –que podría situarse hacia fines del siglo XX-; en otros, este mismo personaje está sujeto a transformaciones que amenazan su integridad, pero sin destruirlo, por ejemplo: su cabeza, su traje u otra parte de su ser han iniciado una trayectoria hacia otro sitio. Otras veces el personaje se moderniza y asume una actitud sonriente: el pelo ha crecido y el atuendo se ha vuelto más alegre.

En cierta ocasión, mientras yo observaba detenidamente un cuadro en compañía del propio autor, se me ocurrió preguntarle si el personaje que allí aparecía guardaba relación con alguna persona determinada. La pintura en cuestión transmitía una sensación dolorosa, pero sin que hubiera en ella connotaciones obvias que implicaran dolor o pena. Castañeda me respondió, meditabundo, “se refiere a la muerte de un amigo”, y eso fue todo lo que me pudo decir de momento. Sólo mucho tiempo después y hablando de ese mismo cuadro, me percaté de que en realidad ningún amigo de Castañeda había abandonado el mundo de los vivos después de un fatal accidente, tal y como yo lo había supuesto. La obra se refería tanto a la muerte de la amistad como al paso de ese individuo de una condición a otra, condición esta última en la que se había visto privado de varias dotes que lo caracterizaban. Por cierto, esos cambios de condición aparecen representados en varias obras de Castañeda, unas veces a través de grietas, dobleces o perforaciones y otras mediante la desintegración. Pero en la mayoría de los casos el mensaje es positivo, o sea que el quiebre ocurre para dar paso a una toma de conciencia y por ello mismo a un estadio mejor de la personalidad; el cuadro a que me refiero constituiría una excepción.

Algunas producciones de Castañeda guardan un contenido religioso bastante detectable. Tal es el caso de “Un solo rebaño y un solo pastor”, en el que aparece un individuo tocado con sombrero negro y muy bien trajeado, cargando una oveja, mientras que todos los primeros planos están ocupados por un sinnúmero de estos animales, que pueden verse, sí, como ovejas, pero también sugieren copos de nube. En el extremo derecho, cubierto por un cielo ligeramente nebuloso, hay un cuadrado en cuyo centro está pintado un “milagro” de retablo. El milagro se refiere al hecho de que puede existir rebaño y pastor.

“Las paredes del templo” tienen como tema un cordero degollado. Este animal guarda relación con “El cordero místico” de Jan van Eyck y su enmarque formal, con la perspectiva invertida, remite al Medievo. El cordero de Castañeda está decapitado y en la parte correspondiente a la cabeza se ha acumulado la sangre. Esta sangre simboliza a la vez la privación de la vida –el sacrificio del cordero- y su vergüenza generalmente “es roja”. Por lo tanto la imagen connota la idea de traición, algo semejante a lo que ocurrió con José Clemente Orozco cuando pintó en la Escuela Nacional Preparatoria ese Cristo destruyendo su cruz que después él mismo borró, para hacerlo reaparecer años más tarde en los muros de la biblioteca Baker en Darmouth College.

Las obras de Castañeda que ahora se exhiben en Monterrey, fueron realizadas entre 1968 y 1979. Entre ellas se encuentran algunas de las producciones más importantes y representativas de este pintor. Por esta razón, su observación detenida constituirá una magnífica oportunidad para adentrarse en los variados aspectos de la iconografía de este artista, como también en la acuciosa y muy profesional técnica que constituye otro de los aspectos esenciales que se debe tener en cuenta para la apreciación de estas producciones.

Concluyo esta breve aproximación a la obra de Castañeda, afirmando que el espectador tendrá ocasión de estudiar las realizaciones de un pintor mexicano que tienen cosas que decir, y que sabe decirlas bien.

Teresa del Conde
UNAM

Alberto Ruy Sánchez
POR EL ASOMBRO AVANZANDO HACIA EL VACÍO

En el viaje singular de los sentidos al que nos invita este Entrar en lo abierto, está presente el triángulo de experiencias excepcionales que suscitan los cuadros de Alfredo Castañeda en ellos hay siempre una inquietante sorpresa, una búsqueda y una revelación. Todos pertenecen de entrada a un peculiar ámbito de enseñanza. Nada común y corriente lo resume. Y, a pesar de incluir recursos gráficos y personajes que se repiten, todos con la cara del pintor, sus cuadros nunca son previsibles. Una coherencia sólida y paradójica los anima. La sorpresa los habita y multiplica su perturbadora dimensión narrativa. No faltan múltiples recursos barrocos en sus cuadros (desde el dorado teatral hasta la composición alrededor de un vacío anhelado), recordándonos que toda expresión de ideas a través de formas y de afectos es hija de la Contrareforma, esencia del barroco.

Varias realidades se yuxtaponen en esta estética desde la  materialidad del cuadro, con frecuencia razgado o aparentemente roto, en una de sus superficies, hasta las diferentes situaciones únicas que describe. Es cierto que parecen surgidos de un sueño. Han sido concluidos, junto con la obra de Leonora Carrington, Wolfgang Paalen y Alberto Gironella, en exposiciones internacionales sobre e espíritu surrealista en México. Y la dimensión risueña e irónica que hay en ellos ha querido ser vista también como una sonrisa surrealista. Pero su extrañeza no es necesariamente irónica, ni es la sensibilidad surrealista lo que en el fondo la define. Porque Castañeda explora los senderos de una aventura que podríamos llamar espiritualidad y describir como cercana a la tradición mística. Su pintura es religiosa de manera muy heterodoxa y en ella siempre hay una búsqueda. Cada situación descrita en sus cuadros, habla de ese anhelo espiritual, de esa necesidad de emprender un viaje o de estar ya en él. Un viaje que se sabe lleno de obstáculos, de restos, de encuentros inesperados y nuevos retos. La búsqueda de todo místico lo lleva a desear unirse con aquello que lo rebasa. El pintor se pinta a sí mismo, solo o multiplicado pero siempre frente a un vacío. Puede ser el mar o lo abscuro, un campo inmenso o nada. Entre él y ese vacío esta la búsqueda y el camino hacia la posible revelación de una verdad que será necesaria e irónicamente fugaz.

En esta exposición se hace explícita esa relación de anhelo místico con el vacío (nunca un vacío negativo) que ha estado de una u otra manera presente en su obra. Aquí el vacío atractivo alcanza finalmente su significado conceptual. Todo vacío se ha convertido en alegoría de Lo abierto. Esa otredad espiritual que está en el fondo de uno mismo o en el origen. Que ni siquiera tiene que ser interioridad clásica sino una dimensión de “Lo absoluto circunstancial”, como lo define Rilke lo absoluto fugaz, la revelación plena pero huidiza que mantiene al místico y al poeta en la búsqueda de la revelación posible. La epifanía de la imagen de Lezama Lima. Nuestra relación de eternidad, según Octavio Paz. Pero si alguna obra literaria serviría para explicar a Castañeda, es la de Samuel Beckett con su incesante espera y espiritual movilidad hacia el vacío abierto en uno mismo y en los demás. El ámbito místico de Castañeda es cercano a una poesía pintada, barroca, inusitada. La obra de itinerante Alfredo Castañeda presente desde 1969 en la galería más prestigiosa de México, la Galería de Arte Mexicano, ha sido clasificada de maneras muy distintas a lo largo de las últimas décadas en el Surrealismo tardío tuvo su lugar y luego en La Ruptura. Hasta en el Neomexicanismo de los ochentas y noventas fue incluido. En realidad no pertenece a ningún movimiento y su persistente originalidad está a prueba de modas y simplificaciones. Incluyendo a las más actuales. Su mundo pictórico, tan extraña y profundamente místico, es único y descubrirlo, entrar en él, en “Lo abierto” de su obra, es siempre una sorpresiva experiencia poética.