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Martha Pacheco

Sin ningún pudor
Por Luis Carlos Ernerich


El hecho de que la actual obra dibujística y pictórica de Martha Pacheco constituya mucho más que un conjunto de estudio realistas de la anatomía humana tomando cadáveres como modelos, no solo se debe a que su propio trabajo con modelos vivos significó igualmente el patetismo de “dejar de ser” como condición existencial generalizada, sino también a la multiplicación y diversificación de los niveles de lectura de la obra artística, propiciadas por la plástica surgida en las últimas dos décadas del presente siglo, a la cual Pacheco ha hecho importantes contribuciones. Y si a esto se agrega que el cuestionamiento de las estructuras mismas de los lenguajes como sujeto, ha ido entonces las imágenes de Pacheco, cuyo virtuosismo factual bastaría para consumarse, son obras abiertas a tantas lecturas como estratos de la consciencia activa su impacto visual.

Por tanto, más allá de la representación fiel de modelos físicos, estos “retratos” de cadáveres no reclamados, sin más señas de identidad que las circunstancias de su extravío, dibujados a partir de fotografías documentales del Servicio Médico Forense, poseen potencial de signos de un malestar creciente, tanto para erigir su especificidad en reflejo de una condición global, como para planteo reflexivo sobre el ser y su corporeidad, o bien, sobre la posesión y el despojo, o el súbito paso de sujeto a objeto, o en fin, sobre la falacia de la integridad humana.

De allí que los “victimados” anónimos de Pacheco, recogidos de calles y descampados por la “autoridad”, carentes de deudos y filiaciones, preparados para su cremación, son mucho más que detritos de un estado de violencia permanente; tal vez una confrontación sardónica entre las aspiraciones humana y sus realidades fehacientes. Vergüenzas sociales expuestas o desnudez corporal involuntaria parecen señalar, primero, que la privación de la vida implica el despojo del pudor mas intimo; segundo, que la entidad física es insuficiente para ostentar una identidad (peor aún que las victimas masivas de la guerra, puesto que su diferencia –o su indiferencia- no es ideológica ni racial); tercero, que la dignidad de la masa no está sustentada por la dignidad individual, y cuarto, que los sueños del anonimato absoluto engendran monstruos.

Materia orgánica desechable, irreciclable, pues, los muertos de nadie son meros insumos estadísticos del campo de concentración y exterminio que resulta ser, en última instancia, una ciudad, un país un continente, un planeta, un sistema que ha prescindido del humanismo. Si Martha Pacheco ha optado por referirse a una condición límite, es que los extremos amenazan con superar a los promedios. Y tal vez, extremándose aún más, Pacheco esté señalando el crecimiento de la excepción hasta devenir regía. Sin embargo, el hecho de que su sensibilidad humanista y su gran pericia academicista se consumen en la fidelidad formal –inversión irónica del objeto realista de insuflar vida a sus modelos-, Pacheco tal vez este implicando que el último reducto de la belleza se encontrara ahora en el mero lenguaje, o bien, que solo el horror como categoría estética hara justicia a los signos de los tiempos actuales.
Tal ironía, que Pacheco remata sardónicamente, sotierra un extrañamiento profundo. Su exaltación del fracaso entrada nostalgia de una utopía desvanecida incluso de las imaginaciones más candorosas.

Acallados, la exposición en la que Martha Pacheco presenta su más reciente producción dibujística, tiene con temas principales la locura y la muerte. Asuntos limite por naturaleza, tabúes, la locura y la muerte se relacionan en un doble movimiento de distanciamiento y objetividad.

Por un lado, tomando como fuente de fotografía, la pintora retoma la percepción como punto de partida para el establecimiento de un juego cuya regla principal es su propia alteración. Enfocar, empañar la mirada, seleccionar, parecer ser los principios presentes, sobre todo, en los dibujos que integran la serie Los exiliados del Imperio de la Razón. En imágenes que recuerdan a Richter, la pintora trastoca de manera aparentemente arbitraria los planos de composición, disloca la relación real de los objetos y personajes en el espacio, se propone distintos puntos de interés que no corresponden obviamente a su relación original y crea un espacio virtual, que no respeta la regla de la fotografía –su “modo de ver” igualador de la jerarquía de los objetos- sino que le confiere diferentes valores y significados. Con ello logra expresar la subjetividad de la percepción y su correspondencia con la locura presentándola no solo como característica distintiva de ese estado sino como atributo genérico de la condición humana.

En su vertiente de objetividad puede advertirse más claramente una intención documental: Martha Pacheco utiliza imágenes cruentas (en un registro que va desde Alarma! Y sus sucedáneos hasta la célebre fotografía del obrero muerto de Manuel Álvarez Bravo) en las que aparecen personas anónimas, desconocidas, muertos accidentales y criminales, cadáveres no reclamados del SEMEFO, carne de fosa común, subjetobjetos por los que nadie se interesa a no ser cuando despiertan esa actitud morbosa que iguala a los espectadores ante el espectáculo de la muerte, personas que vivieron en el anonimato y que encuentran un fin violento y se convierten por ese solo hecho en imágenes públicas, aunque, paradójicamente, esta efímera fama no los despoje de su condición desapercibida. En este contexto, Pacheco asume el riesgo de entrar en contacto con la cultura del morbo y, sobre todo, de retratar el morbo como un elemento insospechado de culto.  

Por otra parte, -y este, creo, es el aspecto más interesante de su trabajo- de las múltiples maneras que existen para representar el cuerpo, entre las cuales destaca esa profusa y rica tradición del erotismo y la sensualidad de las formas, la pintora eligió aquella que lo observa como objeto forense. Así, en estos dibujos lo forense asume el doble carácter de objeto artístico y de objeto de conocimiento.

Ya en Los perros, una serie de dibujos anterior a Los exiliados del imperio de la razón y a Los muertos, se podía notar esa inquietud obsesiva por la muerte. En un principio, las figuras caninas asumían esa actitud áspera y desencantada que anunciaba la crudeza y el rigor presente en los dibujos de esta exposición. En Los exiliados… la locura adquiere una condición sinónima de la muerte. Afirma la pintora; “Un ser enloquecido esta en cierta forma muerto porque no participa de los que nosotros consideramos como vida: la comunicación, el amor, el placer, el trabajo. De cierto modo es un objeto, su cuerpo no existe aunque se mueva. Está sumido en el silencio aunque hable, porque dice cosas que nadie comprende. Los muertos no hablan y los locos tampoco lo hacen porque nadie entiende lo que dicen”.