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David Meraz

ACERCA DE LA RECIENTE EXPOSICIÓN INDIVIDUAL LA APARICIÓN DE UNA MONTAÑA

Texto de introducción

Hay una pregunta constante acerca de la permanencia de la pintura en las artes, y la oportunidad de participar e incidir -con cierta dignidad- en ella. David Meraz comenzó esta serie a partir del encuentro físico con algunas obras de arte de diferentes épocas, mismas que llamaron su atención al hacer del pasiaje un escenario para la escala humana, así como por mostrar una técnica pictórica de alta complejidad. De modo que el transcurso de esta producción fue notorio un interés en las escenas silvestres y el guiño melancólico que suele aparecer en algunos destinos solitarios y en las rutas no transitadas, como las de una montaña a la que uno se acerca por primera vez. 

Entre las referencias que influyeron en la composición de imágenes se encuentran -principalmente- el grupo de paisajes campiranos de Gustav Klimt colgados en las salas del Palacio Belvedere en Viena. Así como el señalamiento hacia algunas obras icónicas del impresionismo europeo y la pintura estadounidense de posguerra.

 

Parece que todo comenzó con la desaparición de Robert Walser quien se apartó de la fama en un centro psiquiátrico, en la misma montaña suiza donde murió una navidad, mientras caminaba en la nieve. Enrique Vila-Matas lo describe bien y en internet hay fotos del evento y son conmovedoras. Pero mientras se vive, uno desaparece de un sitio y aparece en otro. En Viena hay una loma que subes a pie. Sudas en una ciudad donde parece no hace calor. En la cúspide, divisas un águila de piedra. Miras hacia abajo y ves el Palacio de María Teresa y apenas un poco del resplandor de aquella monarquía antes de su caída. Cerca de allí, en otro palacio monumental custodiado por esfinges blancas, encontré la mayor colección de obras de Gustav Klimt, y dentro de un salón de finales del siglo XIX algunos de sus paisajes campestres de un metro por un metro. A la salida, compré un librito con reproducciones de unos cincuenta de ellos, algunos que ni conocía, fabulosos todos, pequeñas pinturas con panorámicas que se extienden en la mente. En otro lado del mundo hay un cuadro llamado “El mundo de Cristina”, una pintura de posguerra donde una chica, recostada en el pastizal, observa hacia arriba, y en la lejanía, una casa. El “Almuerzo en el jardín”, otro cuadro muy famoso, me hace pensar en las posibilidades de una perspectiva deformada y genial, y también en las cosas que pueden hacerse metidos en el bosque, el follaje de los árboles y otro tipo de follajes. Pero vamos a olvidarnos de referencias. Acerca de motivos, lo esencial es que este proyecto se refiere a la pintura. Mi experiencia como espectador y conejillo de indias. Por ejemplo, pienso la pintura como un monstruo que no necesita que lo defiendan y que se come la vida de los hombres que aspiran a colgarse en ella. Un monstruo parecido a una montaña milenaria. Entrar en sus recovecos y caminos olvidados. Allí donde muchos afirman que no pasa nada. Yo no escucho a nadie y doy con parajes que me abren el pecho. No piensen que exagero. ¿Acaso no es comprensible que cada quién se busque una alegría? Hay placer en esto”. 

 

 

La historia del músico y el campeón.


En la lejanía hay una casa -la casa de la infancia que desparece pero nunca se va de la memoria- y al fondo una montaña negra verde-azul con sus brotes de pelo y follaje, que ve pasar al mundo y dice: ven. El sol ilumina mi rostro, enciende el pastizal y el horizonte crece, la panorámica se amplía entre más camino. En la casa una bandera amarilla es izada: el disparo da comienzo a la carrera. Un caballo destinado a ser campeón. Desde potrillo se le vio madera, cuando era de madera y yo subía en él. Nos mecíamos, caballito de palo, camarada de peluche, hasta llegar a ser adultos. Subo y monto la silla. De la habitación al patio, del jardín al campo y del camino a la montaña, me adentro en esa montaña donde una mano dice: ven. Dominando el andar, escucho la música, cierro los ojos y la antigua música suaviza ese trotar. En el lomo del campeón el chango de cuerda entona viejas melodías e himnos de batalla. Un paso, otro paso, un paso y otro paso, desde el pasado hasta el día que hoy empezó temprano y al rato se irá con la luz. Imagina la aparición de una montaña. Un jinete que apresura el paso, un campeón que se abalanza al camino y un músico que entona la melodía que les dará valor: imagina la aparición de una montaña. Cabalgando hasta perderse al interior de la misma. El artista es un jinete que intenta domar el caballo. Arte es el nombre que tiene el caballo. Mi memoria es una montaña.

David Meraz 2016

 





Entre luces y sombras, la aparición de una montaña

Los caballos emiten una particular nobleza, poseen una sabiduría ancestral, y se dice, que el buen jinete domina la vida.

            ¿Quién se rinde ante su propia naturaleza? El hombre está acostumbrado a domar; mientras que el caballo, es quien pone pies en la tierra. Ante la magnitud de los equinos la fiereza de los humanos se aquieta.

            La obra de David Meráz está repleta de imágenes cabalísticas; él mismo quiere comprobar si es que la pintura lo ha dominado por completo. La utiliza como un medio de expresión pictórica y metafísica: hace historia dejándose llevar a rapel, sin miedo, casi en dirección contraria.

            ¿Podré con éste dolor? Sí, porque de la sombra se emite la nítida luz de la esperanza.

            Meráz navega entre helio aerostático; mientras, recordamos la etapa más corta de nuestras vidas; la infancia: ligera, colorida, acompañada siempre por otros (como los globos que se amarran de las cintas).  

            La vida es corta y más la etapa ensoñada donde cabía imaginar carruseles de caballos eléctricos o de cuerda, y para no perder balance entre unos años y otros, David escribe con su pintura. Llena las estrellas de aflicciones adultas: Tengo un secreto, luces de bengala, incendios, la regresión al juego, reconstrucciones de casas de madera, jardines que prenden alumbrado fluorescente en la obscuridad.

            En ésta etapa de la obra y vida de David Meráz, el artista se sumerge entre penumbra, un encandilado y dos Muy largas noches.

  

Mara Sepúlveda

A 26 de febrero del 2016