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Exposicion: Soledad Tafolla - "Jardines, Jarrones y Frutas"

Soledad Tafolla - "Jardines, Jarrones y Frutas"

14.02.14

Jardines y jarrones y frutas de Soledad

 

La pintura nada sencilla de la flor azul en el jarrón abandonado en un verde de jardín edénico, la fruta descuajada, la papaya cuidadosamente partida en dos mitades que se miran, finalmente separadas,  la mesa puesta. Nada es ingenuo en la crédula pintura de Soledad Tafolla. Si una construcción aparece entre colores primarios es porque devela la presencia de la gente, sus recuerdos atisbados por la ventana, los amores que por generaciones fueron prohibidos: entre lo profundo y lo inmediato, la castidad y el ansia sexual, la fruta y la piel.

La pintura es el fin del ser de las cosas en la continua producción de Soledad que, en treinta años, ha expuesto una variedad de obras engendradas en espacios que parecen causados por su propia mirada. Ha expuesto así los pasos y los deseos de sus pinceles, de sus maestros, de su afán de darse a conocer conociendo.

Al proyectar al centro de la escena de su estudio un caballete sobre el que descansa una tela rebosante de hojas, en perfecta centralidad con respecto al aire que rodea el jarrón de color discordante, Soledad Tafolla programa un escenario para una ficción que, sin embargo, puede documentar. La alumna predilecta del maestro Alfredo Zalce es una lince de la naturalidad. Su conocimiento de la proporción áurea nos habla de una candidez muy neciamente indagada.

Los cielos, las ramas, aun los campanarios de una iglesia que se asoma en el panorama de una vida, parecen cargados de emociones en tensión entre la nostalgia y el deseo de deshacerse de ella, como azules que se estiran entre el bien y el mal. ¿Quién es el padre, el Rembrandt, el teporocho de barba blanca, el hombre antiguo, el poeta que como Whitman se cuela en el marco de la imaginación de una mujer que pinta una hoja elegante tan redonda como una sombrilla? Si la obra de Soledad Tafolla no nos trajera a engaño con la falsa sencillez de sus temas eternos, la sensual humedad que transpiran las hojas que pinta no nos afectaría tanto.

 

Francesca Gargallo Celentani

 

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