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Carlos Vargas Pons

Carlos Vargas Pons, el nadador

                                                                                   Por Luis Carlos Emerich

Carlos Vargas Pons inició la construcción de su discurso pictórico en una década de profundos cuestionamientos de la naturaleza del arte. Mientras que por una parte se negaban sus cualidades emocionalmente expresivas sin dejar más opción que aceptar su declarado "final", por otra, el surgimiento y auge de la transvanguardia italiana, el neoexpresionismo alemán y la posvanguardia neoyorquina retomaban la pintura y declaraban dominio público al acervo del arte occidental y, como tal, susceptible a la "apropiación" mediante citas, glosas, paráfrasis, parodias o descomposiciones de iconografías y estilos legitimados por la historia, como medidas desesperadas ante la incertidumbre creada por la ausencia de paradigmas promisorios.

            El hecho de que Vargas Pons recibiera a temprana edad dos primeros premios de adquisición consecutivos (1990 y 1991) en el Encuentro Nacional de Arte Joven, seguramente afirmó su opción pictórica que aunaba la expresión personal y la reflexión sobre el mundo del arte en que se insertaba o con el cual proponía una comunicación. Si inicialmente tal opción consistió en ubicar sus afinidades o admiraciones por algunas figuras de la historia del arte occidental, desplegando sus dones pictóricos y sus placeres lúdicos mediante la apropiación o invasión virtual de imágenes entrañadas en su propia formación, el grado de complejidad que ha alcanzado en su ulterior desarrollo confirmó que el juego con imaginarios ajenos para significar el propio derivaría en la generación de estructuras compositivas cuyos referentes terminan hoy por sublimarse en su tratamiento de temas globales de gran actualidad y amenazante futuro.

            Las primeras propuestas de Vargas Pons fueron refiguraciones más o menos fieles de obras de Basquiat, Tàpies y Rousseau, entre otras, usadas como fondos para sus imágenes de bañistas jóvenes cuyas deformaciones corporales, debidas a la refracción de la luz natural a través del agua cristalina y agitada de una alberca, no sólo le permitieron fijar una recurrencia significativa en toda su obra, sino caracterizar su pincelada gruesa, sinuosa y espontánea y un colorido vibrante que recuerda a la vez la libertad del fauvismo y la intensidad del expresionismo. A diferencia de la superposición de imágenes propias a manera de collages sobre citas de pinturas famosas, en su paráfrasis de la Balsa de la Medusa (Gericault, 1819), Vargas Pons encontraría el plano perfecto para contrastar sus figuraciones "acuosas" con el dramatismo de esta pintura -fusión de clasicismo y romanticismo- en que figuras masculinas luchan por sobrevivir o perecieron ahogadas en un naufragio, para implicar que las suyas "nadan" gozosamente en las aguas de la historia del arte. En otra forma de paráfrasis, ahora "invasiva", como las de Desfile (1936) y Verano (1937), del mexicano Antonio Ruiz "El Corcito", Vargas Pons introdujo figuras (reminiscentes del nacionalismo kitsch de los calendarios de los años treinta) que alteran el sentido de las obras originales para potenciar el humor, satírico de por sí, de este pintor ante la realidad mexicana de su momento. En cambio, en la recontextualización de Los saltimbanquis (1905) de Picasso, Vargas Pons extrae un grupo de figuras como "recortadas" de un paisaje rústico para situarlas en un contexto que permite verlas como visitantes inopinadas de un museo de arte, como objetos museísticos y como un collage simulado que induce a extrañamiento. Así que la paráfrasis, la refiguración, la recontextualización y la trasposición, no son pastiches adoptados en su obra, sino recursos para establecer un diálogo de significaciones entre cuando menos tres planos de realidad: el del imaginario propio, el de la imagen apropiada (y, por tanto, de su momento histórico) y el de la reproducción fotográfica como fuente que implica un distanciamiento y la condición de un artista asumido libresco.   

Esta diversidad de referentes figurativos no sólo expresa la heterogeneidad estilística, temporal y geográfica de sus admiraciones pictóricas, a las cuales rinde tributo, sino que el goce de las libertades que permitió el llamado "apropiacionismo" reveló que toda obra de arte actual está en deuda con la historia del arte, anulando así el mito de que toda propuesta artística contemporánea debe romper con el pasado, y confirmando que uno de los puntos de la llamada "condición posmoderna" es la imposibilidad de vivir o compendiar una realidad que no haya sido compendiada, interpretada y significada por el arte, o bien, dirigida o sesgada por los mass media. De allí que en la obra de Vargas Pons la realidad sea la vivencia de una idealidad, que recurre a la imagen para cuestionar el "ser" del arte, en el cual se sustenta la razón de ser del artista.

Pero más allá de sus admiraciones ya citadas -a la cuales se suman muchas otras, como la del pintor sienés de temas religiosos Simone Martini (1284-1344), la del flamenco Patinir (1475-1525), reconocido como el primer paisajista de la historia del arte, y hasta del extravagante milanés Giuseppe Arcimboldo (1527-1593)-, los vuelos de la imaginación de Vargas Pons han tenido en los libros de arte pistas de despegue hacia a campos de aterrizaje sumamente personales. Sus figuras de bañistas, que en cierta forma podrían ser trasposiciones autorretratísticas e incluso metáforas del pintor sumergido en el seno de la historia de la pintura, bien pueden caracterizar a Vargas Pons como un nadador en los fluidos poéticos de múltiples geografías emocionales.

Libro I y Libro II (2006), realizados como collages simulados, muestran dos pasos de un proceso compositivo que expresan su visión del mundo como un objeto virtualmente hojeable que, en Enciclopedia (2006), adquirirá el carácter de un compendio de las propias pinturas de Vargas Pons presentadas como planos de distintos tamaños ordenados en una sucesión rítmica virtualmente sin final, que parece culminar la recapitulación de un periodo de su obra en relación con las obras que lo han nutrido. En su serie titulada Premonición (2008), las citas de figuras o fragmentos de obras de pintores tan dispares como las del "precisionista" norteamericano Charles Demuth (1883-1935), el impresionista francés Gustave Caillebotte (1848-1984) y el luminista español Joaquín Sorolla (1883-1923), adquieren, singularmente, un carácter simbólico desde que representan cualidades humanas atribuidas por el propio pintor a personajes históricos, como sería Roger Revelle, precursor del estudio del calentamiento global, o bien, virajes estilísticos como el de los precisionistas" que, a diferencia de la deconstrucción cubista, simplificaron, estilizaron y esquematizaron las líneas de fuerzas estructurales del objeto referido al universo industrial, causa principal de este fenómeno.

Sin embargo, Rostro azul (según O. Redon), 2001, es un cuadro que revela mucho más que la habilidad, el conocimiento, el ingenio y el buen humor para conjugar la expresión con la reflexión. Aunque no declarado como autorretrato, Rostro azul... bien puede verse como la imagen de quien al tomar conciencia de sí mismo deja entrar o emanar la atmósfera de ensoñación en que flota su cabeza mimetizada con su entorno, abierta o rota como un papel. Más allá de la invasión de una pintura ajena, esta imagen parece sugerir que una de las formas de contemplar la obra de Vargas Pons es aceptar que lo indeterminado y lo ambiguo (del simbolismo de Redon) son estímulos para la reflexionar sobre la pintura desde la pintura sin prescindir de su poesía.

 

 

Allí me mostrarías aquello que mi alma pretendía           San Juan de la Cruz.

CARLOS VARGAS PONS.

Las imágenes que aparecieron en el periódico me llamaron de inmediato la atención, sus personajes reposando dormidos o soñando, confinados en diferentes ángulos en el silencio del ambiente; me confundieron, pues alguien me había llamado para que viera la nota de una exposición que se iba a inaugurar en la Pinacoteca de Monterrey (1993) creyendo erróneamente que se trataba de fotografía.  Descubrí que la nota mencionaba la pintura de Carlos Vargas Pons. Me vasto una primera impresión para afirmar que estaba frente a un gran talento joven. Días después le visitaba en su pequeño departamento en Guadalajara, donde en un estado sumamente nervioso y tenso comenzó a mostrarme su última obra. Como si de un despertar se tratase, sus personajes ahora flotaban ingrávidos sumergidos en el agua como medio ideal, deformados por las ondulaciones y los reflejos de la luz, o en caída libre protegidos en su aislamiento por algún alo o coraza. Con su pincelada expresiva y acertada, Vargas Pons lograba crear sugestivas sensaciones de fin de (siglo) milenio: todo en suspenso.

En un  lapso relativamente corto, pude compartir mi apreciación  por su obra, con  el criterio de mi amigo Thomas Cohn, galerista brasileño -destacado por su acertado señalamiento en el arte contemporáneo-, quien de inmediato hizo acuerdos con el artista para presentar una muestra individual en su galería localizada en Río de Janeiro.

Vargas Pons, con una devoción espiritual, se ha entregado de manera categórica a la pintura, a través de la investigación, el análisis y la experimentación,  mantiene su sentido de la responsabilidad, afirmando en cada obra su postura. Ha visualizado de manera singular la relación existente entre  tradición e innovación, entre la figuración y la abstracción, entre lo natural y lo metafísico, entre el gesto y la precisión.

La presente muestra es un transito por lo mas representativo de su obra, en sus diferentes momentos y procesos evolutivos de los últimos 15 años. En sus últimas obras destaca un contenido-obsesivo poco habitual, estableciendo múltiples planos de complejas relaciones  metafóricas, como si fuesen reminiscencias de una memoria sin tiempo con textos e ilustraciones de diferentes épocas, donde el color  juega como enlace un papel fundamental.

Frente a las "tendencias" actuales del mundo del arte, donde lo banal ha sustituido al misterio; lo escatológico a lo sagrado; y el oportunismo al ingenio y a la creación, Carlos Vargas Pons, con su pintura nos revela un remanso de belleza, afirmando con su postura, un futuro esperanzador.

Enhorabuena Carlos. Enhorabuena Jalisco y sus grandes artistas. Enhorabuena México.

 

Guillermo Sepúlveda

Monterrey, N.L. Febrero 2008

 

 

Francisco J. Morales Dufour

Carlos Vargas Pons

"The Triumph of Painting", bajo este título se presentaron una serie de exposiciones en la Saatchi Gallery de Londres, de Marzo a Julio del año 2005. "The Triumph of Painting" sería sin temor a exagerar, la manera de referirse a la trayectoria y al quehacer artístico de Carlos Vargas Pons.

El sobreponerse a la noción de crisis de la pintura sin negarla, implica una férrea vocación además de una voluntad inquebrantable sustentada por la seriedad, el conocimiento, la constancia y una enorme disciplina.

Desde su obra temprana se evidencia esta característica de no escatimar ni con el detalle ni con el tiempo, hecho que nos hace por demás comprensible su profunda admiración hacia el pintor holandés Vermeer (1632 - 1675).

Su proceso, como el de todos, ha sufrido períodos de incertidumbre y extravío, conduciéndolo a búsquedas que paradójicamente le han servido de soporte, de orientación y de brújula. A medida que su trabajo va adquiriendo madurez, el oficio de pintor se impone y asimismo se reafirma su desdén por adoptar discursos en los que no cree.

Si analizamos con atención la obra de Carlos Vargas Pons, nos damos cuenta de la enorme cantidad de recursos técnicos de los que dispone. Su capacidad dibujística, el conocimiento de la pincelada, el tratamiento de las superficies, la estructura composicional y su magnificencia colórica nos ofrecen una contundente muestra de su virtuosismo, tanto en la figuración como en sus trabajos más abstractos.

Sin el afán de particularizar en series determinadas, no podemos pasar por alto mencionar al agua como un elemento fundamental y protagónico. Como espectadores, la interpretación de la obra dependerá de la disposición que tengamos para asimilar propuestas que mezclan lo cotidiano con lo histórico, lo reconocible con lo desintegrado, la nitidez con la extraña sensación de sumergirnos en paisajes acuosos.

El elemento agua, con su enorme carga simbólico-expresiva, cobra una nutrida gama de significados; desde la simple percepción estética, a sensaciones más subjetivas, evocando atmósferas orgánicas conectadas con las emociones, la dinámica visual nos hace viajar por otra realidad que parece muy distante de las superficies terrenas, donde las burbujas emergen como planetas en un universo que apenas conocemos.

Su propuesta temática está construida, o mejor dicho, deconstruida a base de elementos relacionados con el presente o el pasado, que al fusionarse cobran una nueva significación.

A partir de 1993, uno de los rasgos más sobresalientes en la obra de Carlos Vargas Pons son citas o referencias a escenas fílmicas o a grandes pintores. Esto pudiera caer en la permanente discusión que se refiere a la supremacía del original sobre la controvertida validez de la apropiación.

Sin embargo en este caso no existe el conflicto. Más que apropiarse de las imágenes pictóricas de otros, ésta acción puede desdoblarse en varias lecturas: Rendir homenaje a los artistas citados, registrar imágenes a través de los tiempos, como si fuera una bitácora histórica que revela la preocupación del pintor por compenetrarse con los movimientos más relevantes del arte universal. El artista muestra una audacia casi sacrílega y asume el reto que implica lograr la integración del motivo propio a la escenografía brindada por la cita, sin que la composición nos parezca ajena, una vez superpuesta. En toda su obra se hace evidente el heroico propósito de rescatar la pintura con la pintura misma.

Es tal la energía que se desprende de sus composiciones, que a pesar de tratarse de grandes formatos, la contundencia escénica y el protagonismo cromático parecieran luchar por ir más allá de los límites de su propio marco; no nos extrañaría ver al color desbordado, trepando por los muros para ocupar sin recato esos espacios plenos de piso a techo, de pared a pared, y así consumar el acto "The Triumph of Painting".